Compitiendo en mercado competitivos

 

Por: Ing. Yurán Bonilla, MBA

Consultor y empresario.

 

Hablemos claro! A usted, a mi y a todos los que hacemos negocios, excluyo a los que sólo hablan de ellos sin atreverse jamás a hacerlos, nos interesa una cosa: la rentabilidad. Ni las mismas ventas son tan importantes, si no permiten generar un margen aceptable de rentabilidad. Si usted hace negocios, sabe de lo que estoy hablando. Si no hay rentabilidad, no hay interés de los inversionistas de mantener su capital y no hay empresa.  

 

“Salir tablas” a nadie interesa. No conozco aún a un gerente que se mantenga en su puesto “saliendo tablas” o a un empresario satisfecho con su empresa por que “salimos tablas”. La empresa se crea para producir riqueza.

 

Sin embargo y estará de acuerdo conmigo, cada vez se hace más difícil mantener estable la rentabilidad en las operaciones de su empresa. Recuerdo a un viejo empresario industrial que una vez me dijo: “antes era más fácil, yo contrataba 50 operarios, si uno no servía lo botaba, los ponía a fabricar cosas, las que yo quería,  y todo se vendía… un contador me llevaba las platas… y el abogado me trabajaba los problemillas, usted sabe … y eso era todo”. Varias décadas más tarde esta realidad terriblemente simplificada de las cosas, más bien parece salida de un libro de paleontología administrativa.

 

Por qué es más complicado ahora? Bueno, usted podrá tratar de encontrar la respuesta en su gestión financiera o contable y hasta incluso echarle la culpa a la eficiencia productiva. Lo cierto es que aunque algunas de las causas de este problema pueden encontrarse dentro de su empresa, la causa más importante y medular se halla fuera de ella: el mercado.

 

El mercado y su incontenible celeridad de cambio es el causante de los problemas de rentabilidad de la mayoría de las empresas. A menos de aquellas que no han tratado de entenderlo y ajustarse a sus demandas. O sea, las que no piensan en términos del mercado.

 

De que estoy hablando? El ciclo de vida de un producto creado en los 60 podía extenderse por varias décadas. ¿Quién no recuerda aquellas cocinas Atlas de 4 discos color pardo (mal llamado café)? En casa de mis padres hubo una y en casa de sus padres también. ¿Y como no? Si no había muchas opciones. Atlas como una vieja fábrica Ford en Detroit a principios de siglo pasado, fabricaba un modelo exitoso y lo seguía fabricando. ¿Por qué cambiarlo? ¿Por qué mejorarlo? ¿Para qué preguntarle a la gente si estaba contenta? Yo fabricar, tu consumir. Y eso era todo.

 

Pero un día, las cosas cambiaron. La masiva importación, estimulada por la reducción de aranceles, hizo que otras marcas de cocinas llegaran al país. Los recién llegados; claro está, debían ganar clientes y fueron muy agresivos en términos de ofertas, descuentos, financiamientos, mejores calidades, mayor servicio, etc. Compitieron y lo hicieron mejor. Los que no siguieron el paso, hoy descansan bajo una lápida que reza: “en memoria a la incompetitividad”. Las reglas del juego cambiarían para siempre, antes era administrar, hoy es competir.

 

Los compradores de pronto tuvimos opciones, comprendimos que éramos valiosos en el juego y aprendimos a escoger. Aprendimos a valorar precio, garantías, servicio, comodidad, diseño, buen trato y terminamos por darle nuestro dinero sólo a aquellas empresas que nos dieran más por el mismo billete de ¢1.000.

 

Hoy las empresas deben pensar en términos del mercado, olvide la arcaica idea de que marketing son “anuncitos” y papelitos de colores. Pensar en términos del mercado consiste en diseñar su empresa, sus productos, sus servicios, sus precios, partiendo del cliente. O sea tenga la empresa, los productos, los servicios y los precios que el cliente prefiere y hágalo primero que la competencia y cuando la competencia lo imite seducida por su éxito, vuelva a hacerlo nuevamente.

 

Hoy son las pequeñas empresas las que parecen más aptas para adaptarse a estos cambios. Dígase lo que se diga, siempre será más fácil maniobrar en un panorama cambiante con un pequeño vocho, que con el Queen Mary II de 345 metros de eslora; por supuesto, si usted no convirtió su vocho, bajo el modelo de un vetusto ministerio soviético, en una pequeña máquina terriblemente burocrática y lenta para tomar decisiones.

 

Hoy no es el pez más grande el que se come al más chico, es el pez más rápido y ágil el que se come a todos los demás y cada vez que lo dude, piense como un grupo de forajidos armados de celulares e Internet diseñaron uno de los planes terroristas mejor orquestados de la historia, que dieron al traste con el World Trade Center, pero más aún con el orgullo y la tranquilidad de la mayor potencia militar del mundo. En efecto celulares, correo electrónico y aviones comerciales contra sistemas de telecomunicación, cazas, bombarderos, submarinos, etc. Hoy la burocracia no puede con la velocidad de acción.

 

 

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