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La microfinanzas
es el término utilizado para describir los préstamos que se otorgan a los
empresarios más pequeños; aquellos que tienen menos de 10 empleados y cuyas
ventas mensuales promedio no superan los ¢5.0 millones.
Son préstamos entre los ¢45.000 y
¢15.000.000 y si bien deben ser más expeditos en su trámite, deben cumplir
con las buenas prácticas crediticias que aseguren su oportuna recuperación o
repago, de lo contrario la institución financiera que presta perdería
rápidamente su patrimonio y no podría seguir operando. Estas prácticas
consideran la revisión por parte de la institución financiera de que el
cliente tiene buenas referencias crediticias o comerciales, mal se haría en
otorgar crédito a quien no ha sabido cumplir oportunamente sus compromisos
pasados. Requiere de la revisión de los ingresos y gastos, anotados en
cuaderno o con la forma de estados financieros, para medir si el cliente
puede o no hacer frente al repago del monto solicitado. Requiere también de
una garantía para que en caso de dificultad financiera del negocio, exista
una segunda fuente de repago.
Estas prácticas crediticias son válidas para
la microfinanzas y para el crédito tradicional, se
preguntarán entonces: ¿Dónde está la diferencia entre uno y otro?.
La diferencia debe hacerla la asesoría en el
trámite, el simplificar al máximo los requisitos, sin pecar de
irresponsabilidad, en conocer las necesidades del cliente y poder orientarle
sobre qué tipo de facilidad le conviene más para su negocio y también en que,
una vez desembolsado el crédito el seguimiento y la flexibilidad en las
condiciones son vitales. Los negocios pequeños son muy vulnerables a cambios
en las condiciones originales, una enfermedad del dueño o un familiar, el que
uno de los equipos deje de funcionar, hacen que el negocio pierda rápidamente
su capacidad de pago, ahí, si existe voluntad de pago y buena comunicación
cliente- institución, es donde la flexibilidad de una prórroga o readecuación
hacen la gran diferencia.
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